Hay historias que el tiempo decide conservar y otras que, casi sin darnos cuenta, quedan relegadas a los márgenes. Sergio del Molino lleva años mirando precisamente ahí: en los pliegues de la memoria, en los silencios del relato oficial, en aquello que parecía secundario y, sin embargo, lo explica todo.

Tras el éxito de Los alemanes (Premio Alfaguara de novela 2024), el escritor y periodista regresa con La hija, una ficción deslumbrante que rescata la figura de Rosario Weiss, la artista que acompañó a Goya en sus últimos años y cuya identidad quedó eclipsada por el mito del pintor. En esta nueva novela, Del Molino reconstruye una época convulsa y reflexiona sobre el poder del arte, la memoria y los mecanismos que deciden quién ocupa el centro de la historia y quién desaparece de ella.

Profesor en Cursiva, donde comparte su experiencia y su mirada sobre el oficio de escribir, conversamos con él sobre el proceso de documentación, la construcción de personajes históricos y los desafíos de convertir un vacío del pasado en una novela viva.

Tras el Premio Alfaguara por Los alemanes, publicas ahora La hija, una novela que rescata la figura de Rosario Weiss, eclipsada durante décadas por el mito de Goya. ¿En qué momento descubriste esta historia y supiste que querías convertirla en ficción?

Tras un viaje a Burdeos en el que visité la última casa del artista y leí un ensayo de la profesora española María Santos Sainz sobre el Goya periodista, es decir, el Goya precursor del periodismo moderno. Allí se me apareció, como una estampa litográfica, la imagen de la niña Rosario Weiss de la mano del Goya viejo por las calles de Burdeos, apartando al pintor del paso de los carruajes que no oye. Fue una imagen poderosísima que no se me quitaba de la cabeza y que me llevó a obsesionarme con Rosario y a leer compulsivamente sobre ella y estudiar su obra catalogada, que se compone sobre todo de dibujos.

En la novela conviven distintas capas temporales y miradas: la memoria, la reconstrucción histórica y tu propia voz como narrador contemporáneo. ¿Cómo trabajaste esa arquitectura narrativa para que el conjunto mantuviera coherencia y tensión?

La hija tiene dos partes definidas que, en realidad, son dos libros complementarios, una ficción con un narrador ficticio (aunque adopta la forma de un personaje histórico muy real) y una narración en primera persona donde exploro libremente muchos aspectos importantes en la biografía de Rosario Weiss, como la paternidad, el compromiso político, la relación del arte con la vida, la orfandad, la violencia… Escribí ambas partes de manera simultánea, de manera que iban creciendo a la vez, para que el resultado fuera que la segunda emana de la primera. Mi intención es que, cuando se baje el telón de la primera parte y el lector se encuentre con todas esas preguntas que dejan las novelas en el aire, disponga de un segundo tiempo para explorar todo aquello que ha quedado en el punto ciego del narrador ficticio. Por eso, aunque la experiencia lectora sea consecutiva, en la escritura fue simultánea, lo que me obligó a desdoblarme con el narrador, el viejo Juan Antonio Rascón, en un juego especular: yo me proyecto en su voz y el resuena en la mía, porque nos une el amor imposible por Rosario Weiss. A pesar de la distancia y la disparidad de los puntos de vista, coincidimos en un mismo fuego que nos incita a comprender el misterio de la protagonista.

« A pesar de la distancia y la disparidad de los puntos de vista, coincidimos en un mismo fuego que nos incita a comprender el misterio de la protagonista.»

Rosario Weiss es un personaje real, pero también una figura borrada por la historia. Cuando un escritor se enfrenta a un vacío documental, ¿cómo decide hasta dónde puede llegar la imaginación sin traicionar la verdad histórica?

La libertad es absoluta incluso en los casos en los que no existen vacíos documentales. La verdad histórica queda traicionada desde el momento en que empezamos a fabular y a convertirla en ficción. Jugar con la historia desde la literatura obliga a adoptar una postura muy alejada de la del historiador, que se debe al documento y a una forma de verdad factual y comprobable. El escritor juega con la historia sabida y con la historia supuesta o imaginada para perseguir otro tipo de verdad. No es una licencia, para mí es una obligación. Si no, escribiríamos historia o periodismo. Si vamos a hacer literatura, tenemos que apropiarnos de los personajes y jugar con ellos a nuestro antojo para que hagan y digan lo que nosotros queremos que hagan y digan. Dicho lo cual, que se sepa tan poco de Rosario Weiss (aun sabiéndose bastante, no está tan mal documentada su vida) y que sea tan desconocida me abre un campo inmenso, porque el público no tiene ideas preconcebidas sobre ella. No hay un mito contra el que luchar, como sí lo hay con Goya. Por eso, pero quizá estoy revelando demasiadas claves, la literatura que juega con la historia (observa que no la llamo “histórica”, para no caer en la etiqueta de género, que rechazo) es presentista. A lo mejor no habla tanto de un personaje o de un momento histórico, sino de escenarios y situaciones mucho más cercanas al lector de lo que la sinopsis puede hacerle sospechar.

Goya es uno de los grandes mitos culturales de nuestro país. ¿Qué retos implica narrar a la sombra de una figura tan poderosa sin que el personaje secundario —en este caso, Rosario— vuelva a quedar desplazado?

En cada parte de La hija he adoptado una estrategia diferente contra ese peligro. En la primera, el narrador evoca los recuerdos infantiles de Rosario, que le contó ella misma. Por tanto, Goya aparece como un padre desde un punto de vista infantil, lo que lo convierte en una figura huidiza, parcial, borrosa, cuyos actos y palabras no siempre se entienden. Así prevalece la niña y Rosario Weiss no se ahoga ante el genio. En la segunda parte he intentado armar una reflexión de ida y vuelta: no sólo he rastreado la influencia de Goya en Rosario, que es el camino fácil y obvio, sino la de Rosario en Goya. Así, no sólo Weiss no se ve eclipsada, sino que ella misma ilumina con su obra y su presencia algunos misterios de la obra y de la leyenda goyescas.

Muchos alumnos de Cursiva se preguntan cómo abordar una novela con base histórica sin que el peso de la documentación asfixie la narración. ¿Cómo fue tu proceso de investigación para esta novela y en qué momento decidiste que ya era hora de escribir?

Nunca se sabe demasiado de algo. Hay que agotar toda la documentación a tu alcance sin perder de vista que eres escritor, no un erudito. A mí me divierte mucho pasar tiempo leyendo, vaciar bibliografías, encontrar documentos, rastrear archivos si es menester, entrevistar a expertos… Saber no hace daño: el único que corre riesgo de caer ahogado por una montaña de papeles es el escritor. Pero luego hay que poner todo eso al servicio de una narración eficaz. 

« No se trata de demostrarle al lector lo mucho que has estudiado. Una novela no es un examen.».

Por supuesto que sabes mucho más de lo que cuentas. Por supuesto que has pasado tiempo estudiando datos que no van a aparecer por ningún sitio en la versión final, pero todo eso te ha ayudado a componer tu personaje y tus escenarios. Aunque sólo uses una pequeña parte, ha merecido la pena. Hay que emprender la documentación con gusto y porque tiene valor en sí misma, no hay que ser selectivo ni instrumentalista. Por ejemplo: en La hija hay una digresión sobre el estilo tardío en el arte. Es una digresión breve, apenas unos párrafos, que parecen no tener peso en el libro y que podría omitirse sin afectar al hilo principal. Pero está ahí porque me pasé meses estudiando tratados filosóficos e historiográficos sobre la doctrina. Si mido la inversión de esfuerzo con el resultado en palabras escritas, es ruinosa. Nadie debería perder el tiempo en estudiar tan a fondo algo que apenas va a notar el lector. Pero sin esas lecturas sobre el estilo tardío no habría entendido al Goya viejo. Esas lecturas permean todo el libro, rezuman por los personajes y los ambientes. Lo importante es no perder de vista que quieres contar una historia, no sacar matrícula de honor en un examen. 

En tu trayectoria has transitado entre el ensayo narrativo, la crónica, la autobiografía y la novela. ¿Qué te permite la ficción que no te permite el ensayo cuando quieres iluminar una figura como la de Rosario Weiss?

Ahí tengo un problema, porque no creo en las fronteras definidas entre géneros. Ni en mi obra ni en general. La ficción, en un mismo libro, adopta a veces formas de crónica, de ensayo, de confesión o de relato omnisciente. La ficción está en todo, transmutada de muchas maneras, pero en el momento en el que una historia adopta una forma narrativa, es ficticia, aunque cuente hechos reales. Y en ese sentido, lo que permite es privilegiar un punto de vista de autor: contar lo que yo quiero contar, y no lo que la historia parece querer contarme. Me permite tomar el control del relato sin subordinarlo a una presunta verdad histórica que a lo mejor es importante, pero en la literatura es siempre secundaria.

El libro también plantea una pregunta poderosa: quién decide qué nombres permanecen y cuáles desaparecen. ¿Crees que la literatura tiene una función reparadora frente a esos silencios?

La literatura, en alianza con la historia, el periodismo y otras artes, altera continuamente el pasado. No hay una forma fijada e inmutable del ayer, siempre está cambiando, sujeto a cuestionamientos, dependiendo de la sensibilidad de cada época. El caso de Rosario Weiss fue ya percibido como injusto en su época por muchas razones: porque murió muy joven y porque no obtuvo el reconocimiento que su talento merecía. Así se reflejó en el obituario que escribió Rascón y en otros testimonios posteriores de gente que la trató y valoró su arte. Ya hubo gente entonces que creyó que el mundo había sido cruel con ella, negándole la atención que se derrochaba en otros mucho peores. No creo que mi literatura ni ninguna otra tenga la capacidad de reparar las crueldades de aquella España: Rosario Weiss no tuvo manera de saber que un día estaría expuesta en el Prado y celebrada como gran artista romántica. Y ese dolor es irreparable. Pero sí podemos ayudar a mantener vivo el debate sobre el canon y sobre quién merece ser celebrado, para que en el presente y en el futuro no haya tantas Rosario Weiss, porque creo que las sigue habiendo. 

«A lo mejor, mirándolas en el espejo de la historia, alguien las detecta hoy y evita que un escritor les dedique un libro doscientos años después de su muerte.»

Para cerrar, ¿qué consejo darías a los alumnos de Cursiva que sienten la tentación de contar una historia olvidada, pero dudan si estarán a la altura?

Lo primero: que se aseguren de que está olvidada de verdad. Que ellos no la conozcan no quiere decir que no tenga ya una docena de novelas y cinco películas. La mayoría de las historias que llamamos olvidadas, en realidad nunca lo han estado, porque para olvidar hay que recordar primero, y hay tantos personajes y tantos episodios que no han sido narrados por nadie (literariamente, me refiero), que tropezarse con ellos es contarlos por primera vez. Uno nunca sabe si sabrá hacerlo hasta que se empeña en hacerlo. Así que, si de verdad hay una historia que nadie conoce y te la encuentras, lo único que debes preguntarte es cuánto te importa. Yo no sé escribir sobre asuntos que no me interesan. Rosario Weiss reverberó muy fuerte dentro de mí, sin esa sensación, sin esa fascinación y sin cierta identificación que proyecté en su figura no habría tenido fuerzas para escribir La hija. Hay que estar seguro de que no tienes un interés oportunista o circunstancial. ¿Te importa de veras? ¿Te dice algo, te provoca algo por dentro? Adelante: ahí tienes tu historia.

Tras Los alemanes, Sergio del Molino aborda una ficción deslumbrante de la historia de Rosario Weiss, oculta tras un mito del arte español: Francisco de Goya.

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