PRIMERA BECA GARCÍA MÁRQUEZ

Con el fin de promover el legado literario del escritor y celebrar 40 aniversario de la concesión del Premio Nobel de literatura al autor, el pasado 6 de julio de 2022 abríamos el periodo de inscripción a la 1.ª beca de estudios García Márquez, que tenía como propósito brindar el acceso gratuito a un alumno o alumna al curso online 'El universo Creativo de Gabo'. El taller —que dará comienzo el próximo 10 de octubre, tendrá una duración de 10 semanas y podrá seguirse desde cualquier lugar del mundo— propone un fascinante recorrido por la obra de una de las figuras más importantes de la literatura universal de la mano de unos profesores excepcionales: los escritores Juan Villoro y Ana Teresa Toro, Jaime Abello y Mónica González, director y maestra de la Fundación Gabo, el director y guionista de cine Rodrigo García Barcha y la directora editorial Pilar Reyes.

La Beca García Márquez cubre el coste de la matrícula para el curso online 'El universo creativo de Gabo', creado por Cursiva y Penguin Random House Grupo Editorial en colaboración con la Fundación Gabo. Esta beca está valorada en 599 €.

RESOLUCIÓN DE LA BECA

Para la participación en la beca, los solicitantes debían completar el formulario correspondiente y presentar un relato inédito y escrito para la ocasión. El tema era libre y debía estar escrito en español.

Tras una intensa semana de deliberación, un jurado compuesto por miembros del equipo de Cursiva | Penguin Random House Grupo Editorial ha votado y ha escogido finalmente un relato ganador y un relato finalista. Os anunciamos a continuación al premiado: 

Relato ganador:

El baile de los pájaros.

Autor: Edward Jaramillo González.

Al final de este artículo puedes leer el texto ganador.

Relato finalista*:
Hormiga Reina.

AutoraPaola Santos Morocho.

*En caso de no obtener respuesta del ganador en el plazo designado en las bases legales o que su participación no resultase válida, el premio será asignado automáticamente al relato suplente.

SOBRE EL CURSO

El curso online contará con encuentros en vivo con invitados que enriquecerán la experiencia de aprendizaje. El cartel estará compuesto por los escritores Juan Villoro y Ana Teresa Toro, Jaime Abello y Mónica González, director y maestra de la Fundación Gabo, por el director y guionista de cine Rodrigo García Barcha y por la directora editorial Pilar Reyes.

Cursiva y Penguin Random House Grupo Editorial ponen en marcha la primera edición de 'El universo creativo de Gabo', un apasionante viaje al corazón del universo literario de Gabriel García Márquez.

El curso —que dará comienzo el próximo 10 de octubre de 2022 y tendrá una duración de 10 semanas— podrá seguirse en línea desde cualquier lugar del mundo.

'El universo creativo de Gabo' nos sumergirá en el cosmos del autor que contribuyó enormemente al realismo mágico con obras como Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera, creaciones que le concedieron el título de máximo representante del movimiento. Profundizaremos en sus referentes e influencias, analizaremos su obra y los temas y géneros que abordó tanto en su faceta literaria como periodística, y repasaremos otros ámbitos más allá de las fronteras literarias, como el audiovisual, que se han visto influenciados por su producción. En definitiva, exploraremos de qué manera Gabriel García Márquez se ha convertido en una poderosa imagen que ha impactado la literatura y la sociedad actual.

EL RELATO GANADOR

EL BAILE DE LOS PÁJAROS.

Por Edward Jaramillo González.

Lo que más me gustaba de las fiestas donde la abuela Rosa era que las hermanas de mi papá bailaban toda la noche. Lo que menos me gustaba era tener que ver al tío Norbey, que siempre les decía a mis papás que yo estaba muy cachetón. Esa noche mientras yo bailaba con mi mamá y mis tías, mi tío Norbey, desde la mesa en la que jugaba póquer con mi papá y sus otros hermanos, me miró y dijo: “a Pedro lo van a volver marica con tantos mimos”.

Esa frase la lanzó sobre esa mesa como un as que me dejó en bancarrota. Mi papá interrumpió la organización de su abanico de cartas, me miró un segundo y volvió a concentrarse en las picas y en los corazones.

Solté las manos de mamá y de las tías, me sequé el sudor de la frente y me fui para la cocina. Ni mi mamá, ni mi abuela, ni ninguna de mis tías parecían haber escuchado los golpes de esas palabras pronunciadas como piedras.

Yo tenía nueve años, no entendía bien qué significaba eso. Cuando en la casa hablaban de los maricas, hablaban de un primo de mi mamá, León Jairo, que, decían, era marica. Ser marica era hablar más pasito, hacer carrizo con las piernas como las mujeres y tener ganas de bailar en las fiestas. Yo lo único de lo que estaba seguro era de que me gustaba bailar.

Abrí la nevera y saqué la jarra de agua que la abuela siempre tenía enfriando. Llené un vaso y me senté, todo seguía allá adentro. Sentí vergüenza sin saber exactamente por qué. Deseaba no tener que volver a ver a mi tío Norbey, ni amanecer donde los abuelos. No era capaz de regresar a la sala donde las mujeres bailaban mientras los hombres jugaban póquer.

Me senté en el piso y me quedé mirando los dos pájaros que mi abuela tenía en la jaula: Paca y Paco. Me dicen que así les había puesto yo unos años antes, pero la verdad es que yo no me acuerdo, estaba muy chiquito. Eran unos inseparables, con picos de loro, la cabeza colorada y el plumaje del cuerpo verde. Eran unos loritos enanos. La fiesta había animado tanto a la abuela, que se le había olvidado cubrirlos esa noche y ellos también estaban bailando.

Lo que yo no alcanzaba a diferenciar era cuál de los sonidos que salían de sus picos mientras se movían en esa jaula se parecía más a la voz de mi papá y cuál a la voz de mi mamá. Los dos tenían voz de pájaro. Lo que sí estaba claro, era que no podían hacer carrizo. Y cuando pensé en esa imagen, me empecé a reír solo. Ya me había bebido toda el agua.

Los pájaros se quedaron quietos, cuando llegó mi tío Norbey a la cocina. Las manos se me pusieron frías, creo que también la espalda, empecé a sudar de nuevo. Yo imité a Paco y a Paca. Mi tío abrió la nevera, sacó una cerveza, la destapó con las manos y se recostó en el lavadero de platos, justo a mi derecha, mientras la bebía. Yo miraba hacia la jaula y él miraba hacia la sala.

Decidí no dejar de mirar a los pájaros. A veces, los ojos se me desviaban y alcanzaba a ver las rodillas de mi tío Norbey. Estábamos jugando estatua y había decidido ganarle. Entre más quieto me quedara, menos probabilidades tenía de ser empujado por una de sus acostumbradas frases. Escuchaba cómo pasaba la cerveza por su garganta. Escuchaba las alas nerviosas de Paco y Paca. Ya no era una estatua, era mucho más que eso, escuchaba el silencio.

La botella de cerveza bajó a la altura de mis ojos, pero no me dejé distraer. Seguí serio, mirando la jaula con mi vaso vacío entre las manos. El silencio que nos unía a mi tío y a mí, se regó por la casa. Y entonces el tiempo se paralizó para todos: para los pájaros, para los jugadores de póquer, para las bailarinas, para los abuelos. La música se apagó y todos, en esa casa, nos quedamos callados, como si estuviéramos velando un muerto. Decidí que iba a contener la respiración hasta que el ruido de las cosas volviera, así me costara la vida. Las rodillas de mi tío cambiaron de posición, la derecha le tomó ventaja a la izquierda. Yo no tuve que reacomodar mis pesos, el mío estaba distribuido por todo mi cuerpo, parecía una piedra, como las que salían por la boca de mi tío.

Llegó mi mamá a esa cocina en la que el tiempo se había paralizado y, como siempre, nos devolvió la vida.

—Te estaba buscando. ¿Qué haces ahí? —me dijo.

Empezó a sonar un merengue y mi mamá sacó a bailar a mi tío.

—A mí esta canción me encanta —dijo mamá. Mi tío empezó a bailar con ella y luego mamá me extendió su mano y me negué. Mamá me volvió a llamar con su mano y me volví a negar.

—¿Qué te pasa? Baila con el tío y conmigo.

—¡No quiero! —le grité.

—A mí no me grites —me dijo usando su dedo índice derecho como un arma que se desenfunda lista para descargarse.

Se llevó al tío Norbey bailando a la sala y quedamos los pájaros y yo. Desde allá me gritó:

—Cúbrele los pájaros a la abuela, acuéstalos, grosero.

Yo me paré, me sequé las palmas de las manos en la ropa y me acerqué a la jaula. Abrí la puerta y Paco y Paca no salieron. Metí la mano y los saqué, uno a uno, no sé a cuál saqué primero, eran iguales. Los solté para que volaran, pero se quedaron bailando alrededor de la jaula.