SOBRE LA BECA CREACIÓN LITERARIA: DONDE NACEN LAS HISTORIAS

Con el fin de promover el talento literario sin excepción; Cursiva, la Universidad de Guadalajara y la Cátedra Julio Cortázar puso en marcha la beca de estudios Creación literaria con la colaboración de la FIL Guadalajara. Esta beca garantizaba el acceso gratuito de un alumno o alumna al curso online 'Creación literaria: Donde nacen las historias'.

El curso—dará comienzo el próximo 27 de febrero, tendrá una duración de 10 semanas y podrá realizarse desde cualquier lugar del mundo —el taller propondrá una mirada a la lengua que nos da la capacidad imprescindible de estar en contacto con los demás y la necesidad innata de comunicarnos.

La becacubre el coste de la matrícula para el curso online 'Creación literaria: Donde nacen las historias ', creado por Cursiva, la Universidad de Guadalajara y la Cátedra Julio Cortázar. Este curso dará comienzo el próximo 27 de febrero de 2023. La beca está valorada en 599 €.

RESOLUCIÓN DE LA BECA CREACIÓN LITERARIA

Para la participación en la beca, los solicitantes debían completar el formulario correspondiente y presentar un relato inédito y escrito para la ocasión. El tema era libre y debía estar escrito en español.

Tras una intensa semana de deliberación, un jurado compuesto por miembros del equipo de Cursiva | Penguin Random House Grupo Editorial ha votado y ha escogido finalmente un relato ganador y un relato finalista. Anunciamos a continuación al premiado: 

Relato ganador

Verde que te quiero verdeAbril Altamirano Ponce

Relato finalista

Por ahora, Sabrina Andrea Lanzotti

 

*En caso de no obtener respuesta del ganador en el plazo designado en las bases legales o que su participación no resultase válida, el premio será asignado automáticamente al relato suplente.

SOBRE EL CURSO

Para miles de personas la escritura y la literatura es una necesidad tan vital como hablar. Por eso, la Universidad de Guadalajara, Cátedra Julio Cortázar y Cursiva han creado un curso con el que celebrar y potenciar la literatura en español.

Durante este periodo aprenderemos a familiarizarnos con elementos y técnicas narrativas, analizaremos los principales desafíos del escribir y descubriremos el poder de las historias en español de la mano de la premiada Gabriela Riveros. No te pierdas esta oportunidad de aprender sobre escritura de la mano de autores como Emiliano Monge, Cristian Alarcón, Rosa Beltrán, Xavier Velasco y Enrique Serna.

'Creación literaria: Donde nacen las historias 'nos ofrecerá herramientas creativas vinculadas a la literatura para que los participantes tengan todo lo que necesitan para elaborar su proyecto de escritura. Una historia nace a partir de una idea, pero antes de empezar a escribir debemos tener muchos elementos en cuenta. En este curso ofreceremos herramientas creativas que nos ayuden a descubrir qué idea se puede convertir en historia.

En el taller, los alumnos tendrán la oportunidad de aprender e interactuar con la premia autora Gabriela Riveros quien los acompañará y les ofrecerá la guía sobre lo que irán trabajando a lo largo de las semanas.

Creación literaria: Donde nacen las historias

CU01064
La Universidad de Guadalajara, Cátedra Julio Cortázar y Cursiva se han unido para crear este curso tutorizado por Gabriela Riveros con el que celebrar y potenciar la literatura en español.
Disponible
599,00 €

RELATO GANADOR

Verde que te quiero verde

Pero yo ya no soy yo,

ni mi casa es ya mi casa.

Federico García Lorca

Mi novio amaneció con la cara verde. Así tal cual, verde como pasto en verano. Casi he pegado un grito al abrir los ojos y encontrarme con su cabeza de aguacate al lado. Me contuve, por no hacerle sentir mal. Solo le he dicho “Love, tienes algo en la cara”. Él se levantó, se tronó la espalda con pereza y caminó arrastrando las zapatillas hasta el baño, para mirarse en el espejo. Se palpó un par de veces los cachetes medio caídos, se alzó de hombros y dio media vuelta en dirección a la cocina, a preparar el desayuno. “¿Quieres tostadas?”, preguntó. Yo me puse la bata y corrí al espejo del baño, a verificar que mi cara no estuviera verde también. Gracias a dios, solo era él.

El verde no es mi color favorito. No creo que sea el color favorito de nadie. De los ogros, quizá. He oído que la gente se pone verde de envidia. También están los viejos verdes, con pésima reputación. Busqué en Google el verde exacto de la cara de mi novio (en navegador incógnito, por supuesto). Después de un rato comparando paletas de color he determinado que la primera mañana tendía al esmeralda (#028A0F), mientras que con el paso de los días va tirando hacia el basil (#32612D). No parece buena señal, pero él no ha dado signos de incomodidad o molestia. Puede que el tonito opaco se deba a falta de agua. Siempre le repito que no se olvide de tomar agua.

Salimos a la feria. A mi novio lo enfundé en una chaqueta negra para que no llame la atención –su cara está de un verde Hunter vomitivo–, con una gorra de lana a juego para esconder los finos pelitos paliduchos que han empezado a salirle de las orejas, como brotes de trébol. Me cuesta darle la mano en público, pero hago mi mejor esfuerzo para que no note mi incomodidad. Él, por su parte, es completamente ajeno a las miradas curiosas y los murmullos que deja flotando en el aire a su paso. Está tan contento que al poco rato se me olvida la cara verde, me paro de puntitas y le doy un beso. Por la noche nos acurrucamos. Esta mañana, al levantar la sábana encontré mis pies enredados entre sus raíces.

He decidido marcharme. Él lo intuye, pero hace como si no supiera. Busca mi abrazo y yo me dejo envolver aunque mi pelo se anude en la maraña de tallos espirales. Esta mañana, al preparar el desayuno, le ha dado por sazonar el revuelto con los brotes de las hojas que empiezan a caérsele de la coronilla, por el cambio de estación. Su sabor no es bueno ni malo. No quiero desalentar su inventiva culinaria, así que trago en silencio. Algo en el gustito amargo de las hierbas me resulta familiar, me reconforta, como el té sin azúcar. Mientras levanto la mesa, lo miro y pienso que podría arrancarle unas cuantas hojas, secarlas, molerlas y guardarlas en un tarrito para hacerme el té cuando ya no esté.

Me clava su mirada acuosa cuando cree que no me doy cuenta, preguntándose —seguramente— por qué no me enverdí con él. Por qué no me salen brotes de las manos y las plantas de los pies, y mis brazos no se bifurcan en ramas que trepan como culebras por las paredes de la casa. Yo también me lo pregunto. Mi piel sigue canela y opaca como siempre, aunque un poco más ojerosa por la pena. Cuando se da cuenta de mi tristeza, se acerca y recoge mi rostro lloroso entre sus manos, apoya su frente de musgo en la mía y respira despacio, contagiándome su calma imperturbable de bosque.

Arranco frenética pedazos de hiedra de la pared y la pintura se descascara. El suelo se cubre de trozos de pared, hojas secas desintegradas y un polvillo blanco que me provoca estornudos. Me paso las manos por el pelo con rabia y me arranco los tallos enredados con todo y nudos de pelo sucio. Rasgo con las uñas mis mejillas para quitarme los hilos de hiedra que se me han quedado pegados. Su humor pegajoso se queda en mis dedos. Siento náuseas. No sé si lloro de verdad o es por el polvo que se levanta al menor de mis movimientos. Caigo rendida en la maleza a medio morir y me ovillo, me dejo engullir por el moho que empieza a tragarse mi casa.

Despierto sola, ya entrado el día. Paso junto al espejo del lavamanos sin mirarme por miedo a no reconocerme, a verme morada o azul y tener que salir corriendo a renovar todo el ropero. Voy a la cocina y me enfado con las frutas podridas que irradian su olor dulzón y tibio. Siempre compro demás. Tomo con cuidado las hojas de la matita de albahaca que he logrado criar en el filo de la ventana de la cocina. Corto lo necesario y, antes de lanzarlo en el caldo que bulle en la estufa, hundo mi nariz en su aroma verde. Pongo la radio para no estresarme con el chillido solitario de los cubiertos al rozar el plato. Cuando termino de comer, salgo al jardín y me descalzo para sentir en las plantas el frío de la hierba mojada. Me miro los pies y lo veo, por fin. De la punta de los dedos me nacen pequeñas flores.

Abril Altamirano Ponce