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Resolución de la 3.ª Beca Elísabet Benavent
Cursiva
9 de julio de 2026
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9 de julio de 2026
Elísabet Benavent formará parte del claustro de profesores con dos sesiones en vivo. Se unen al cartel Mikel Santiago, Santiago Díaz, Sara Barquinero, Guada Guerra, Ana Lozano, Gonzalo Albert y Bárbara Gil. El curso, además, contará con la tutorización y seguimiento de la escritora Bárbara Gil.
La Beca Elísabet Benavent cubre el coste de la matrícula para el curso online 'Escribe tu historia con Elísabet Benavent', creado por Cursiva y Penguin Random House Grupo Editorial en colaboración con la escritora. Esta beca esta valorada en 599 €.
Para la participación en la beca, los solicitantes debían completar el formulario correspondiente y presentar un relato inédito y escrito para la ocasión. El tema era libre y debía estar escrito en español.
Tenemos que contaros que la participación ha sido excepcional: Más de 1.000 personas de 36 países se han inscrito en la convocatoria y han hecho llegar su texto para ser evaluado.
Tras una intensa deliberación, un jurado compuesto por miembros del equipo de Cursiva | Penguin Random House Grupo Editorial ha votado y escogido un relato ganador y un relato finalista. Os anunciamos a continuación la clasificación. ¡Enhorabuena a los premiados!
Relato ganador:
Los ojos verdes
Autora: María Álvarez Brasa
Al final de este artículo puedes leer el texto ganador.
Primer finalista:
El peso del cielo
Autor: Pedro Beira Salvador
Segundo finalista:
A la intemperie
Autor: Claudia Askani Boneque
Inicio el 12-10-2026
Adéntrate en el mundo literario de Elísabet Benavent y aprende a liberar tu creatividad para comenzar a escribir la historia que siempre has querido contar.
Más informaciónAdéntrate en el mundo literario de Elísabet Benavent y aprende a liberar tu creatividad para comenzar a escribir la historia que siempre has querido contar.
El curso online contará con encuentros en vivo con Elísabet Benavent, Mikel Santiago, Santiago Díaz, Sara Barquinero, Guada Guerra, Ana Lozano, Gonzalo Albert y Bárbara Gil.
Cursiva y Penguin Random House Grupo Editorial ponen en marcha la tercera edición de 'Escribe tu historia con Elísabet Benavent', un viaje al universo creativo de la escritora para liberar la imaginación y lanzarse a escribir. El curso —que dará comienzo el próximo octubre de 2026 y tendrá una duración de 10 semanas— podrá seguirse en línea desde cualquier lugar del mundo.
'Escribe tu historia con Elísabet Benavent' será un viaje en el que revisitarás los títulos más importantes de la obra de Elísabet y descubrirás, libro a libro, cómo trabaja los elementos narrativos en sus novelas. Además, el curso contará con el seguimiento de la escritora Bárbara Gil como tutora y la intervención de grandes figuras de la literatura: Elísabet Benavent, Mikel Santiago, Santiago Díaz, Sara Barquinero, Guada Guerra, Ana Lozano, Gonzalo Albert y Bárbara Gil.
LOS OJOS VERDES
Por María Álvarez Brasa
Mi abuela tenía los ojos verdes, pero no verde viento, ni verde rama. Mi abuela tenía los ojos verde aceituna de Jaén. Esos ojos habían visto muchas cosas a lo largo de su vida: una guerra mundial, otra nacional y una posguerra. Los ojos de mi abuela habían visto a su madre partir hacia las Américas cuando ella era apenas un bebé. Lo que ni mi abuela ni sus ojos sabían en aquella despedida en la estación de tren de algún lugar de Galicia era que, cuarenta años después, ella tendría que hacer lo mismo: partir hacia Alemania en busca de un futuro mejor.
Mi abuela nunca se ponía mala, porque, cuando uno es pequeño, las abuelas nunca se ponen malas, ni sufren, ni tienen fantasías o ambiciones. Las abuelas son solo eso: abuelas, como si eso no fuera ya suficiente.
Mi abuela me preparaba el Cola Cao con muchos grumitos, como a mí me gusta. Al lado, en la bandeja, dos galletas Chiquilín y cuatro onzas de chocolate Nestlé Extrafino. Me cedía el mando y la programación de Club Megatrix era lo que sonaba en la televisión mientras ella limpiaba y cantaba aquello de «Cuatro cascabeles lleva mi caballo».
Mi abuela me enseñó muchas cosas, a pesar de no haber pisado nunca una escuela. Me instruyó en el complejo arte de contar cuentos, también a separar la ropa blanca de la de color. Me enseñó que cuatro esquinitas tiene mi cama y que hay cuatro angelitos que me acompañan. Pero, sobre todo, me enseñó que es más importante querer que que te quieran. Y qué razón tenías, abuela.
Mientras estoy sentada en su sofá favorito, me acuerdo de sus manos, fuertes y suaves a pesar de los callos.
—De tanto fregar, hija —decía.
Ay, la cantidad de paellas que hicieron esas manos. Y de pulpo. Y de empanada, pero de la berciana, de la que lleva patata. Ay, la cantidad de calcetines de lana que tejieron esas manos. Todo el día: punto bobo y del revés, bobo y del revés.
Había una cosa que los ojos de mi abuela no perdonaban: la novela de las cuatro. Gata salvaje, Rosalinda, La verdad de Laura… todas le valían. Supongo que le gustaban porque la sacaban de su rutina y le mostraban otras vidas, con más chisme y menos obligaciones.
A mi abuela y a sus ojos solo les importaba una cosa: que todo el mundo tuviera los pies y el corazón calentitos. Para ello, se servía de tres armas infalibles: lana, agujas y besos de abuela. ¿Sabes esos besos sonoros, dados con una velocidad media de mil revoluciones por minuto, que borran lo malo y hasta lo regular; esos besos que, dados un domingo después de misa, tienen color rojo carmín y saben a mosto? Pues esos.
Lo que más recuerdo de mi abuela era su miedo a la muerte. Ese miedo se reflejaba en sus ojos verdes cada vez que una amiga o un familiar suyo pedía la cuenta. Corría por sus vasos sanguíneos como la ponzoña y se instalaba en sus ojos, volviéndolos verdes oscuros, casi negros. Si soy honesta, creo que a mi abuela no le daba miedo morir, sino hacerlo sola. Acostumbrada a una casa llena de voces agudas que corrían de un lado para otro los domingos al mediodía, al sonido de quince o veinte tenedores y cuchillos comiendo a la vez en el comedor, a los «¡Feliz año!» de cada treinta y uno de diciembre frente al televisor… Acostumbrada a una vida llena de ruido, no podía soportar irse de ella en silencio.
Por eso, cuando mi abuela se fue, rodeada de los suyos, hicimos una comida de esas de voces agudas corriendo por casa. De esas de quince o veinte tenedores y cuchillos comiendo a la vez, aunque ya no fuesen los mismos cubiertos ni las mismas voces.
Y ahora, sentada en ese sofá, en la soledad de una casa que nunca supo estar en silencio, miro mis pies envueltos en unos calcetines verdes de lana. Desvío la mirada hacia la mesita que tengo a la derecha y observo el Cola Cao con grumitos, como a mí me gusta. Y pienso que yo también tengo los ojos verde aceituna de Jaén. Y el corazón calentito.
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