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Bárbara Gil: «Escribir no es solo tener una idea»

Cursiva

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15 de junio de 2026

Bárbara Gil: «Escribir no es solo tener una idea»

Escribir no es solo tener una idea. Es sostenerla, darle forma, equivocarse, volver a empezar. Y, sobre todo, aprender a escuchar lo que la historia necesita. Bárbara Gil lleva años acompañando ese proceso desde dos lugares: como escritora y como profesora.

Autora de Nenúfares que brillan en aguas tristes y La leyenda del volcán, y con una larga trayectoria formando a nuevos escritores, su trabajo se sitúa precisamente ahí donde más dudas surgen: el paso de la idea a la historia.

En Cursiva, Bárbara es tutora del curso Escribir ficción: un viaje a la esencia de la escritura, un programa pensado para quienes quieren empezar a escribir con herramientas claras, prácticas y aplicables desde el primer día, y que dará comienzo el próximo 8 de julio. Conversamos con ella sobre el oficio de escribir: cómo se construye una historia desde cero, qué bloquea a quienes empiezan, cómo encontrar una voz propia y qué hábitos marcan realmente la diferencia cuando uno decide escribir en serio.

Bárbara, en el curso trabajáis mucho el momento inicial, cuando alguien quiere escribir, pero no sabe por dónde empezar. Desde tu experiencia, ¿qué es lo primero que debería tener claro alguien que quiere contar una historia?

Cada persona tiene una forma distinta de acercarse a la escritura, así que más que decir qué es lo primero que alguien debería tener claro, yo diría que lo importante es encontrar el método que mejor funciona para cada uno.

En el curso trabajo con distintas herramientas porque hay quienes empiezan escribiendo de manera intuitiva, volcándolo todo sobre el papel para después ordenar las ideas y construir el sentido de la historia. Otras personas, en cambio, necesitan un mapa previo que les sirva de guía.

Para quienes prefieren planificar, recomiendo trabajar al menos algunos elementos básicos: una ficha del personaje protagonista —que suele ser el verdadero motor de la historia—, el contexto en el que se desarrolla la narración, la ambientación y la atmósfera que se quiere crear, el tiempo, el tipo de narrador e incluso una pequeña prueba de tono para comprobar cómo suena la voz narrativa. También puede resultar útil hacer un breve esquema por capítulos o, en algunos casos, una especie de “biblia” de la obra que funcione como guía durante el proceso de escritura.

Pero no existe una fórmula universal. Hay autores que parten de los personajes, otros de una idea o de un tema que quieren explorar, y otros de una tesis o una pregunta de fondo. En mi caso, por ejemplo, las novelas suelen surgir de un viaje… Por eso, mi experiencia es que cada proyecto y cada alumno requieren herramientas distintas. Lo fundamental no es seguir un método concreto, sino ayudarle al escritor a descubrir cuál le permite desarrollar la historia con mayor libertad y claridad.

En tus libros hay una construcción muy cuidada de la historia, pero también una clara conexión emocional con lo que cuentas. Muchos escritores se bloquean por miedo a “no hacerlo bien”. ¿Cómo se atraviesa ese primer freno sin perder la intuición?

Bueno, en todos los talleres de escritura se dice siempre lo mismo: Hay que dejar salir al creativo antes que al crítico. Y es una gran verdad. Nuestro mayor obstáculo suele ser que queremos correr más que nuestro deseo. Queremos escribir bien antes incluso de haber escrito. Pero la primera versión de un texto no está para ser perfecta, sino para existir. La intuición necesita espacio para equivocarse, explorar y encontrar caminos inesperados. Ya habrá tiempo después para corregir, pulir y analizar. Si intentamos hacerlo todo a la vez, normalmente acabamos paralizados.

Otro problema frecuente es querer escribir “la gran novela” antes de haber escrito una sola página, o pensar en la publicación antes de terminar el libro. Cuando eso ocurre, el resultado se convierte en una obsesión y el proceso queda relegado. Pero la escritura solo puede suceder en el presente; todo lo demás, si tiene que llegar, llegará después.

En el taller revisáis el paso de la intuición a la estructura. En tu propio proceso como novelista, ¿en qué momento sientes que una historia necesita ordenarse para empezar a funcionar de verdad?

Como decía antes, mis novelas suelen surgir de un viaje, así que el orden no aparece al principio, sino bastante después. Cuando viajo, no voy buscando una historia concreta; me dejo sorprender por lo que encuentro. Conozco a gente, escucho sus relatos, observo los paisajes, los animales, los oficios, la forma de vestir, las costumbres. Leo literatura local, estudio la historia del lugar y voy acumulando impresiones, imágenes y experiencias. Me nutro, por así decirlo. La inspiración se alimenta de aquello que toca lo más hondo de cada persona: la música, la pintura, el deporte, los viajes, el amor, las obsesiones... ¿Qué es eso que amas profundamente o que no puedes quitarte de la cabeza? Rodéate de ello, empápate de ello. Tarde o temprano acabará saliendo de ti, transformado en arte y filtrado por tu propia mirada.

A mí viajar me enfrenta a cosas nuevas, distintas. Algo imprevisible que me conmueve, me desconcierta o incluso me fascina. Es eso, no sé, de pronto algo se revela ante ti. Los griegos lo llamaban aletheia, mi palabra favorita: el momento en que algo deja de estar oculto y se muestra tal como es. Para mí, una novela suele empezar ahí, en esa pequeña revelación emocional.

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En Nenúfares que brillan en aguas tristes y La leyenda del volcán hay un gran trabajo de ambientación y documentación, muy ligado al contexto histórico y al espacio. Desde el punto de vista del oficio, ¿cómo se integra ese trabajo en la narración sin que se convierta en un peso para el lector?

A través de la acción, siempre. Bueno, al menos ese es el objetivo. No siempre lo consigo, pero desde luego, lo intento. Todo ese trabajo previo de documentación que comentaba antes tiene que transformarse en historia, en conflicto, en decisiones que toman los personajes, en algo que esté vivo dentro de la narración para que el lector también sienta que lo ve por primera vez, para que le emocione. Evitar párrafos que parezcan sacados de una enciclopedia o una guía turística o etiquetar sentimientos antes de tiempo. Hay que meterse en la cabeza del lector y generar un sueño nítido y continuo, como decía el novelista y profesor John Gardner. Si el lector siente que el autor está presumiendo de lo mucho que ha investigado, la magia se rompe. En cambio, cuando los datos, los detalles históricos o la ambientación están integrados de forma natural en la acción, el lector los absorbe casi sin darse cuenta y el mundo de la novela gana profundidad y credibilidad.

A lo largo del curso descubrís herramientas muy concretas para construir una historia. Si tuvieras que quedarte con una o dos que realmente marquen un antes y un después para alguien que empieza, ¿cuáles serían?

El mandamiento por antonomasia de los talleres de escritura es: «Hay que mostrar, no decir». Por ejemplo, no es lo mismo escribir «Joaquín estaba enfadado» que «Joaquín dio un puñetazo en la mesa». En el primer caso estamos nombrando una emoción de forma abstracta; en el segundo la convertimos en una imagen y en una acción. El lector no recibe una explicación: la experimenta.

La otra gran revelación suele llegar cuando empiezas a leerte a ti mismo con cierta distancia. De pronto descubres que determinados personajes, escenarios, conflictos o narradores aparecen una y otra vez en tus textos. Empiezas a reconocer tus obsesiones, los temas que te persiguen y la manera particular en que miras el mundo. Y ahí ocurre algo muy interesante: dejas de intentar escribir como los demás y empiezas a encontrarte a ti mismo como escritor. Es entonces cuando empieza a emerger tu verdadera voz narrativa. Escribirse también es leerse a uno mismo.

Acompañas a muchos alumnos en sus primeros textos. ¿Qué error ves repetirse con más frecuencia?

Pues justamente lo que hablábamos en la pregunta previa: el uso excesivo de un lenguaje abstracto y predicativo. Nos sale de manera natural porque estamos acostumbrados a comunicarnos así en nuestro día a día: resumimos, etiquetamos, explicamos. Pero la literatura trabaja de otra manera. No se trata de decirle al lector lo que tiene que pensar o sentir, sino de ofrecerle una experiencia concreta a partir de la cual pueda llegar él mismo a sus conclusiones.

También veo con frecuencia que muchos escritores noveles intentan resolver demasiado deprisa aquello que están escribiendo. En lugar de permanecer un poco más dentro de una imagen, una escena o una intuición, pasan rápidamente a la siguiente idea. Como el actor que está deseando soltar su siguiente línea en lugar de escuchar lo que ocurre en escena. Y, sin embargo, el trabajo literario consiste precisamente en demorarse, profundizar y afinar el pensamiento hasta encontrar algo que trascienda la mera comunicación y se convierta en arte.

Y al revés, ¿qué pequeño cambio —de enfoque, de hábito o de mirada— suele producir un avance real en alguien que empieza a escribir?

Relajarse. Disfrutar. Fluir. Suena sencillo, pero… a veces es lo que más nos cuesta. Estamos demasiado estresados queriendo escribir la gran historia, gustar, cumplir plazos, ser perfectos, trascender… Tanta expectativa nos constriñe. Nos sentimos juzgados incluso antes de que nadie haya leído una sola página.

Escribir duele, claro. Exige enfrentarse a las propias limitaciones, a las dudas y a la incertidumbre. Pero… hay que gozárselo, qué narices. Cuando entiendes que, antes que para los demás, escribes para ti mismo. Que el primer lector, y también el primer viajero de tus letras, eres tú. Cuando desaparece la obsesión por el resultado y reaparece el placer por el proceso, ahí sí ya la escritura es otra cosa, respira sin que te des cuenta, y lo disfrutas tanto que se vuelve una adicción de la que nadie querría curarse.

Para terminar, uno de los objetivos del curso es ayudar a encontrar una voz propia. Desde tu experiencia como autora y profesora, ¿la voz es algo que se descubre o algo que se construye a base de escritura y lectura?

Ambas, aunque prefiero decir que la voz narrativa es algo que más bien te persigue. Hay algo en ella que te encuentra antes de que tú la encuentres a ella.

Te descubres escribiendo sin boli ni papel, sentada en el sofá con la vista perdida en el techo. Todo lo que te rodea empieza a tener relación con tu novela. Cualquier excusa te sirve para desear estar frente al ordenador escribiendo. No hacerlo pesa más de lo que debería. Lo cotidiano adquiere una intensidad nueva. Quieres contarle a esa historia que llevas dentro todo lo que ves, piensas o sientes antes que a nadie. El tiempo se acelera cuando estás moviendo a tus personajes por sus escenarios y se ralentiza cuando los abandonas.

Tu voz narrativa, esa que fabula y construye sentido como si tu vida real no existiera, no se descubre cuando estás con ella, sino por el vacío que sientes cuando no está.

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