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David Lladó: «Escribir se parece mucho a preparar una carrera de larga distancia»
Cursiva
3 de junio de 2026
Hay historias que nacen de una pregunta. Otras, de una necesidad. Kilómetros infinitos, el primer libro de David Lladó, nace de ambas.
El resultado es una narración que no encaja en una sola categoría. No es solo autobiografía, ni ensayo, ni relato deportivo. Es un viaje en dos direcciones: el del corredor que se enfrenta a una de las pruebas más exigentes del mundo y el del hombre que aprende a habitar su propia mente. En estas páginas, correr deja de ser una meta para convertirse en lenguaje. Escribir, en una forma de comprender.
Hablamos con David Lladó sobre lo que ha supuesto enfrentarse a su primer libro, cómo se construye una voz cuando partes de la experiencia real y qué puede aprender un escritor del cuerpo, del límite y de la resistencia.
Kilómetros infinitos es tu primer libro. ¿En qué momento sentiste que esta historia necesitaba ser escrita?
Hay un momento preciso.
Una noche, en medio de la madrugada, me desperté con la sensación de que todo se había alineado y ordenado. No era una idea vaga: era ya la forma del libro. Me levanté y empecé a escribir con urgencia, sabiendo que si no lo hacía en ese momento se perdería.
Ese impulso venía de unos meses muy intensos. Tras una evaluación, recibí el diagnóstico de autismo. No lo explicó todo, pero sí me obligó a reflexionar sobre toda mi historia: pasado, presente y futuro empezaron a tener otra lógica.
En paralelo estaba el correr. No solo como deporte, sino como una forma de estar en el mundo: estructura, silencio, orden. Y en medio de ese proceso apareció de nuevo la Spartathlon. Ahí entendí que no podía separar nada de eso.
El libro nace de esa necesidad: entenderme y encontrar una forma precisa de contarlo. Y también de la voluntad de compartirlo. No como una historia ejemplar, sino como un caso concreto que pueda ayudar a otras personas a reconocerse, a aceptarse —como yo lo estoy haciendo— y a entender que, al final, se trata de encontrarse a uno mismo.
En el libro entrelazas dos recorridos que avanzan en paralelo: el físico, hacia el Spartathlon —una de las carreras de ultradistancia más exigentes del mundo, con 246 kilómetros entre Atenas y Esparta—, y el más íntimo, ligado al descubrimiento de tu identidad. ¿En qué momento entendiste que no eran dos historias distintas, sino una sola, y que solo cobraban sentido al ser contadas juntas?
En realidad, cuando empecé a escribir el libro ya tenía claro que eran dos caras de la misma moneda.
Pero al escribirlo quise ser fiel a cómo lo viví: como dos caminos separados. Por un lado la carrera —kilómetros, estrategia, cansancio—. Por otro, el proceso más íntimo —preguntas, diagnóstico, identidad—. Durante años estuve volcado en el ultrafondo como una simple afición, hasta que el diagnóstico me hizo mirar atrás y ver la relación que siempre había estado ahí.
Durante mucho tiempo avanzaron en paralelo, sin tocarse del todo. Y esa separación era real.
El punto de inflexión fue entender que la carrera no era el contexto, sino el mecanismo. No corría mientras me pasaban cosas dentro; corría porque me pasaban. La Spartathlon —y todo lo que implicó prepararla— actuó como un sistema de presión: te obliga a decidir, a sostenerte, a gestionar el dolor. Exactamente la misma lógica que estaba operando en el otro plano.
Ahí es donde ambos caminos se encuentran. Y es ahí donde el libro encuentra su sentido: cuando dejan de ser dos recorridos paralelos y pasan a darse la mano.
El libro combina tramos muy narrativos con otros más reflexivos, casi ensayísticos. ¿Cómo surgió la decisión de entrelazar tu historia personal con esa dimensión más analítica? ¿qué te aportaba cada registro?
Fue una necesidad que apareció al definir la estructura del libro. Y desde el principio supe que era una decisión arriesgada y difícil de gestionar.
La parte narrativa me permitía contar lo que pasaba: el cuerpo, el cansancio, las decisiones en carrera. Pero me daba cuenta de que, si me quedaba ahí, todo podía leerse como una historia más de esfuerzo o superación.
La parte más analítica apareció para entender qué había detrás de todo eso. Para poner nombre a patrones, a formas de pensar, a dinámicas que no son evidentes cuando solo estás dentro de la experiencia.
Cada registro cumple una función distinta. La narrativa te mete dentro: te hace sentir. La parte reflexiva ordena: te permite entender.
El equilibrio entre ambas es lo que da sentido al libro. Sin la experiencia, el análisis se vuelve frío. Sin el análisis, la experiencia se vuelve superficial.
Kilómetros infinitos
David Lladó
Una oda a la resistencia interior y a la belleza de ser distinto: correr, no para huir del autismo, sino para habitarlo y convertirlo en movimiento.
ComprarUna oda a la resistencia interior y a la belleza de ser distinto: correr, no para huir del autismo, sino para habitarlo y convertirlo en movimiento.
El proceso de escritura parece muy alineado con tu forma de pensar: estructurada, analítica, minuciosa. ¿Dirías que escribiste como corres, siguiendo un plan y una estrategia, o hubo espacio para la improvisación durante el camino?
Las dos cosas.
Empecé con una estructura muy definida. Necesitaba un mapa claro: bloques, recorridos, puntos de conexión entre lo físico y lo íntimo. En ese sentido, sí escribí como planifico las carreras: con estrategia, anticipando problemas y pensando en cómo sostener el ritmo a largo plazo.
Pero en la ejecución hubo más improvisación de la que esperaba. Algunos de los mejores fragmentos aparecieron cuando dejé de optimizar y simplemente escribí lo que estaba pasando por dentro en ese momento.
La clave fue ese equilibrio. Si lo controlas todo, el texto pierde vida. Si improvisas sin estructura, se desordena.
Diría que el plan me permitió llegar; la improvisación hizo que mereciera la pena.
Escribir desde la experiencia personal implica tomar decisiones constantes: qué contar, qué silenciar y hasta dónde exponerse. En tu caso, ¿qué fue lo más difícil de ese proceso?
Lo más difícil no fue decidir qué contar, sino cómo contarlo sin deformarlo. Intenté ser fiel a la verdad subjetiva, a lo que sentí, aun sabiendo que a veces no coincide con la realidad objetiva, y fue difícil hacerlo sin distorsionarlo en exceso.
Cuando escribes sobre ti mismo aparece una tensión constante: tender a embellecer o a ordenar la experiencia para que encaje mejor. Es muy fácil construir un relato coherente hacia fuera que, sin darte cuenta, se aleje de lo que realmente viviste.
Ahí está la dificultad: mantener la honestidad sin caer en el exhibicionismo y explicar cosas complejas sin simplificarlas para que resulten más cómodas de leer.
También hay un límite claro: no todo lo que es verdad necesita ser contado. Decidir dónde ponerlo —qué forma parte del libro y qué no— es probablemente la parte más delicada del proceso.
Después de escribir este primer libro, ¿cómo ha cambiado tu relación con la escritura?
Ha sido un descubrimiento importante como herramienta de autoconocimiento.
Antes escribía de forma puntual, más como una manera de ordenar ideas. Ahora entiendo la escritura como un proceso activo de pensamiento: no escribo solo para explicar lo que ya sé, sino para entender mejor lo que no tengo claro.
También ha cambiado mi forma de enfrentarme a ella. Antes necesitaba tener una idea bastante cerrada antes de empezar. Ahora acepto que parte del proceso consiste precisamente en no saber y en ir encontrando el sentido mientras escribo.
Y, sobre todo, he entendido que escribir bien tiene mucho más que ver con la disciplina que con la inspiración. Es un trabajo de constancia, revisión y ajuste continuo, muy parecido a preparar una carrera de larga distancia.
Y para terminar: si alguien que nos lee siente que tiene una historia dentro pero no sabe por dónde empezar, ¿cuál sería tu primer consejo?
Que no empiece por “escribir un libro”.
Es una idea demasiado grande y abstracta, y suele bloquear más que ayudar. En realidad, si sientes que tienes algo dentro, ya tienes por dónde empezar.
Se trata de escucharse, de mirar hacia dentro y de dejar que eso salga, aunque al principio no tenga la forma que nos gustaría.
A partir de ahí, escribir sin preocuparse por el resultado. Solo intentar ser preciso con lo que se ha vivido o pensado. Ir encontrando poco a poco esa forma.
Me recuerda al proceso del escultor: tiene una intuición, pero no una imagen completa, y va esculpiendo poco a poco el bloque de piedra hasta que la figura empieza a aparecer.
La claridad viene después, en la reescritura.
Si hay algo real detrás, el texto acaba encontrando su forma.
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