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Lydia Cacho: «Inventar personajes y encontrar sus voces fue un reto inmenso y fascinante»

Cursiva

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2 de junio de 2026

Lydia Cacho: «Inventar personajes y encontrar sus voces fue un reto inmenso y fascinante»

Hay trayectorias que parecen estar escritas con tinta indeleble: el periodismo de investigación, la denuncia, la defensa de los derechos humanos. Lydia Cacho lleva décadas habitando ese territorio, dando voz a quienes no la tienen y enfrentándose, incluso, a las consecuencias más duras de contar la verdad.

Sin embargo, en Un halcón bajo mi ventana, su primera novela, ocurre algo distinto: la mirada cambia de lugar. La urgencia de documentar se transforma en la necesidad de narrar desde la memoria, la emoción y la ficción. A través de Julieta, una adolescente que crece en el México convulso de los años sesenta, Cacho construye una historia donde la intimidad y lo político se entrelazan hasta volverse inseparables. El resultado es una novela que no renuncia a la verdad, pero que la explora desde otro lenguaje: el de la ternura, la imaginación y la reconstrucción emocional de una época.

Conversamos con Lydia Cacho sobre lo que ha supuesto este cambio de registro, los desafíos de escribir ficción después de años dedicados al ensayo y el periodismo, y lo que este proceso puede enseñar a quienes quieren contar historias.

Lydia, vienes de una trayectoria profundamente ligada al periodismo de investigación. ¿En qué momento sentiste la necesidad (o el impulso) de contar esta historia desde la ficción?

En realidad, mi sueño desde joven era ser poeta —mi primer libro es uno de poesía, malísimo, por cierto—. La literatura, tanto la poesía como la novela y la prosa, ha sido mi red de salvación emocional. Desde muy joven aprendí a refugiarme en los libros cuando la realidad me rebasaba. Distingo claramente el periodismo y la ficción; por ello soy capaz de trabajar en ambos registros.

A lo largo de mi carrera he escrito cuentos infantiles como artefactos culturales que exploran temas difíciles para la niñez, como la trata de niñas o la violencia paterna. También escribí, hace casi treinta años, una novelita tras trabajar en África cubriendo la feminización y la orfandad provocadas por la pandemia del VIH-Sida. Desde 2017 entendí que muchas de mis investigaciones no tendrían salida más que a través de la ficción, que se entrelaza con fragmentos de realidad. Un halcón bajo mi ventana se gestó en mí desde hace nueve años y logré escribirlo el año pasado, cuando estaba preparada para ello. Escribí el título y sabía hacia dónde iría la historia, pero me faltaba protagonista.

La protagonista de Un halcón bajo mi ventana, Julieta, observa y comprende el mundo desde la adolescencia, en un momento de despertar político y emocional. ¿Cómo trabajaste esa voz para que resultara verosímil y, al mismo tiempo, cargada de conciencia?

Ha sido un proceso lleno de magia. Tenía una libreta llena de apuntes históricos que fui estructurando como paisaje en el que debían vivir mis personajes. Una mañana, nada más despertar, sentí la urgencia de escribir algo que había aparecido en mi sueño: el primer párrafo con el que inicio la novela. El nombre de Julieta llegó sin buscarlo; su voz estaba allí y me habitó desde esa mañana.

Siempre he pensado que las voces más honestas son las de la niñez, esa etapa del asombro y el ansia por comprender el mundo antes de que se instalen los prejuicios y las certezas. Sentí que Julieta debía llevarnos de la mano y, con su mirada, ayudar a descubrir ese universo oculto de la rebelión de los sesenta y setenta en México. Solo ella podía interpretar la vida privada de los personajes más crueles.

A partir de ella fui creando un árbol genealógico que abreva, aunque no del todo, en algunos aspectos de mis antepasadas. Fue un proceso creativo fascinante que me exigía recurrir a toda mi investigación sobre esa época en la que yo era demasiado pequeña, pero de la que tenía recuerdos fragmentados. Releí los diarios de mi bisabuela paterna. Lo más complejo fue entrelazar a las protagonistas reales de esa lucha con los personajes de ficción, es decir, ponerles nombre, rostro y voz a las mujeres completamente borradas de la historia, especialmente a las racializadas.

Un halcón bajo mi ventana

Lydia Cacho

Una historia sobre el poder revolucionario de la ternura y la amistad. Por la autora ganadora del Premio Internacional Humanismo Solidario Erasmo de Rotterdam 2026.

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En tu obra siempre ha estado muy presente la investigación rigurosa. ¿Cómo cambia ese proceso cuando escribes ficción? ¿Dónde trazas la línea entre documentación y creación?

Es muy sencillo. Mi personalidad obsesiva y perfeccionista me ha llevado desde muy joven a hacer un triple fact-checking en todas mis investigaciones; no necesitaba que un editor llegara a hacerlo por mí. El tipo de investigaciones centradas en las voces y vivencias de las mujeres y la niñez ha sido históricamente puesto en duda por el patriarcado periodístico, por las sociedades, por los poderes judiciales y por líderes culturales. La misoginia dentro del periodismo me forzó, desde hace treinta años, a asegurarme de que mis artículos y libros no tuviesen fisuras fácticas y, a la vez, a recurrir, en temas tan duros como la explotación infantil o la trata, a un estilo narrativo más literario que permitiese a las personas lectoras entrar en la historia como si fuese una película.

Mucha gente sigue diciéndome que «leyó mi novela» refiriéndose a mi libro Esclavas del poder, que es pura realidad. Eso me gusta, porque el periodismo que abreva de estilos narrativos del guion y la prosa nos permite acompañar a quien lee en el viaje, por duro que sea.

Tuve que prepararme psicológicamente para soltar la pluma en la ficción: inventar personajes, asignarles biografías completas, crear diálogos desde la nada, encontrar sus voces propias y distintas… fue un reto inmenso y fascinante. La verdad es que la pasé muy bien. Soltar el rigor de la verdad no fue fácil, pero una vez que lo logré y los personajes tenían voz, me lancé a la aventura a su lado, me dejé llevar por sus vidas imaginarias.

La novela combina lo íntimo —la familia, el deseo, la identidad— con lo colectivo —la violencia política, la represión, los movimientos sociales—. ¿Cómo se construye ese equilibrio sin que uno de los dos planos eclipse al otro?

Hay mucho trabajo reflexivo y técnico detrás de ello. Ese delicado equilibrio se sostiene en convicciones propias que hacen muy fluido el tejido de interconexión, porque desde mi adolescencia, en los años setenta, comprendí que lo personal es político y que todo lo político atraviesa nuestros derechos civiles, decreta el control sobre nuestros cuerpos e impone reglas sobre nuestras relaciones amorosas y erótico-afectivas, dependiendo de la raza, el género, la edad…

Yo crecí con una abuela y un abuelo maternos que hablaban desde la conciencia social y la rebeldía. Fui educada por maestras del exilio republicano; crecí respirando ansias y convicciones de libertad y justicia. Así que, cuando me atoraba en la escritura de la novela, cerraba los ojos y recordaba momentos o anécdotas de aquellas personas reales, y luego me lanzaba a seguir contando la historia.

En la novela hay una reflexión constante sobre la memoria y la forma en que se construye el relato de lo vivido. ¿Crees que la ficción puede, en ciertos casos, acercarse más a la verdad emocional que la no ficción?

Absolutamente. La memoria navega siempre en un mar interpretativo de la realidad individual. En la primera infancia, nuestro cerebro aprende a poner las emociones —que son procesos meramente neuronales y sinápticos— en imágenes y palabras que luego llamamos sentimientos; y, al añadirles anécdotas, los convertimos en reminiscencia.

Es decir, recordamos todo desde las heridas y/o desde la continua reafirmación afectiva. En la niñez aprendemos a interconectar lo que sentimos con lo que pensamos y a interpretar eso como nuestro sentir, nuestra realidad, recuerdo y memoria.

La memoria histórica no se salva de los sesgos, porque la escriben e interpretan personas cargadas de ideología, de heridas, prejuicios, resentimientos, inspiración, limitaciones y convicciones políticas. Entonces, explorar desde la ficción una historia posible en un marco de realidad es fascinante, porque nos ayuda a pensar que la realidad es un prisma y que comprenderla en todo su esplendor exige que seamos capaces de movernos de sitio para observar sus caras con los ojos desnudos.

¿Qué has descubierto sobre tu propia escritura (o sobre ti misma como autora) en este tránsito hacia la novela?

Lo inimaginable. En el exilio me estaba asfixiando emocionalmente; estaba sumida en una crisis financiera por haber sido expulsada de mi país y verme forzada a usar mis ahorros para sobrevivir en la brutal economía europea, que castiga a sus migrantes. Pasé seis años en una carrera desesperada por reinventarme —llegué a los 57 años y ahora tengo 63—; a esta edad no es nada fácil. En España gané libertades y, a la vez, perdí una estupenda calidad de vida que tenía en México; perdí afectos y estabilidad.

Me he pasado estos años trabajando sin detenerme para salir adelante: escribí dos libros, hice una obra de teatro y un montón de cursos, artículos y capacitaciones. La depresión no facilita en absoluto el proceso creativo. Escribí todos mis libros anteriores en México, desde la apasionada urgencia de contar historias que importan, y ahora, exiliada, sentía que esa pasión se estaba apagando por el contexto y la tristeza de haber perdido la vida privada hermosa y pasional que me permitía ser feliz.

Encontrar a Julieta y entender que esta novela adquiría vida propia fue un viaje hacia la vida; fue volver a respirar desde mi adolescente aguerrida, dispuesta a aceptar y comprender la realidad. Descubrí que tengo más habilidades de las que era capaz de reconocer. Escribir esta novela fue renacer, rescatar el pasado de otras que me auparon para vivir un presente distinto. Recordar, dice Galeano, es darle cuerda al corazón, y eso es lo que el viaje creativo de Un halcón bajo mi ventana hizo conmigo.

Muchos alumnos de Cursiva vienen, como tú, del periodismo y sienten vértigo al dar el salto a la narrativa. Desde tu experiencia, ¿qué les dirías a quienes quieren escribir su primera novela, pero no saben por dónde empezar?

Leer mucho y bueno. Apagar el ordenador y escribir a mano unos minutos al día es fundamental, porque el ejercicio sináptico del cerebro interconecta tu cuerpo, tus manos y tus ideas con la memoria y la inspiración. No utilices IA, porque vas a terminar plagiando, seguro. Debes reflexionar sobre tu capacidad intuitiva, ya que la ficción literaria precisa de mucha intuición activa para no dejar ir personajes, momentos, frases o sentimientos que impulsan la trama. Hay que preguntarse cuál es el detonador de esa novela, en qué se sostiene para sobrevivir, por qué debe avanzar.

Todo el mundo tiene una historia que contar, pero no todo el mundo está dispuesto a prepararse como narradora. Yo creo en la inspiración y en la magia de la serendipia, pero estas se diluyen si no tienes disciplina y técnica, si no sabes darle estructura a tu historia, encontrar tu propio método. Si sientes que debes copiar un estilo literario, no lo hagas: sigue estudiando y escribiendo; descarta borradores en la basura, pues la autocomplacencia es enemiga del arte. Yo tiré a la basura dos novelas terminadas antes de llegar a esta, y no dudé ni un segundo de que no merecían ver la luz.

Por último, diría que se puede trabajar para vivir y, a la vez, escribir libros. La mejor literatura del mundo nace en los zulos, en medio de las guerras, en el mundo rural, con carencias o sin ellas. Si eres escritora, nada va a detenerte: dedícale años de esfuerzo y pasión, y aprende a manejar la frustración de un libro rechazado hasta que llegue su momento.